Después de varios días, levanté la mirada y vi el mismo cielo que nos cubre. A ti y a mi.
No estamos a muchas horas de distancia, así que tu cielo debe lucir igual de gris que el mío.
De hoy en adelante imagino todo lo que podría compartir contigo. Y siento las cosas que me quedaron por decirte, pero leo esa carta y pienso que todo está dicho. Casi como estar viendo una película en completo silencio, y de repente pausarla en el punto más alto.
Como esa vez que estábamos en el taller y te dije que pausaras la música. Cuando eran casi las 3:00 a.m.
Esa noche, de vuelta a tu departamento, la luna lucía más preciosa e indescifrable que nunca, como si fuera un presagio. Te lo comenté, y quise fotografiarla, pero no lo hice. Ahora solo vive en mi memoria.
Como tú.
Pienso que te gustaría ver como luce mi cielo el día de hoy.
Luce como si se acercara una tormenta, las nubes están grisáceas, casi azules y se notan espesas como que tienen mucho por derramar. No percibo luna, ni estrellas, solo oigo tu voz y veo el destello de tus ojos cafés en medio de lo azul.


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